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Ella se encontraba sentada sobre una silla de mimbre con leves marcas del paso del tiempo. Miraba por una ventana alegremente custodiada de plantas, sus suaves pies amasaban el lomo de una gata que alternaba la cálida recepción de caricias con el placer de lamerse y lamer los dedos de aquella mujer que, mientras tanto, miraba mecerse las hojas de un árbol a través de las ventanas abiertas de par en par.

Ella hacia todas estas cosas sin apuro ni obligación, inmersa en un gran placer donde las culpas, viejas perseguidoras de fracasos, no tenían participación ni forma alguna de invasión. Definitivamente ella estaba allí disfrutando de no haber buscado estar allí, esa postal que la llenaba no estaba determinada por la locación misma, clara y felizmente hubiera podido no estar la gata, ni haber ventana que delimitara los limites del adentro y el afuera. Todo lo que ella generaba en, o desde, esa ventana al mundo estaba presente en una pincelada de realidad acontecida bajo una higuera con vistas a unos pastos caóticos y sin el disgusto de haber sido podados.

Claro que esto que podría haber pasado no pasó y seguimos estando dentro de una pieza y vemos a nuestra protagonista sobre una silla de mimbre. Algo en lo que no nos habíamos detenido es en ver qué hacían o cómo estaban sus manos, hermosas y de dedos delicadamente largos, y es que las manos, esas hermosas emisoras de mimos y caricias, siempre hablan, nos charlan y nos dicen mucho de los brazos que las sostienen y les permiten ir por mas. Las de ella claramente contrastaban con el clima del lugar, a diferencia de todo lo demás no cesaban en su movimiento, describir sus movimientos sería tan complejo como insuficiente, ante lo cual tan solo nos quedaremos en decir que si había vida esta se desarrollaba desde esos hermosos y juguetones dedos.

No estaban solas, no, pese a buscarlo no lograban estar solas, convivían con las sobras de viejos y futuros amores pasajeros, breves cuotas de placer instantáneo que alimenta y no llena.

La gata vislumbró la incapacidad de seguir absorbiendo fantasmas, llena como estaba, se incorporo y saltó al marco de la ventana para lamerse por el mero placer de gustar y gustarse.

La partida de la gata le hizo saber que ese lugar ya no lo habitaba nadie mas que ella y sus fantasmas. Por un instante pudo detenerse a mirarse, supo ver que la silla ya no llenaba, se saturó de estar sentada, las manos solas no alcanzaban, su búsqueda comenzaba fuera de esa habitación

Aquella mujer que estuviera plácidamente sentada frente a la ventana, sin saber por qué, dejó la silla, caminó hacia la puerta e instantes más tarde se perdió en el paisaje, buscando buscarse.

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